¡DESGARRA EL ALMA! Una camisa, un pañuelo: “No sé cómo será la vida sin esta primavera perpetua…”

DolarToday / Sep 10, 2017 @ 7:00 pm

¡DESGARRA EL ALMA! Una camisa, un pañuelo: “No sé cómo será la vida sin esta primavera perpetua…”

Me vi en los ojos de mi esposo, en su familia en ese mismo país, en un señor que no tomará la fotografía del piso de Cruz Diez, que discreto renuncia a su país para volver a otro que apenas recuerda

NAKY SOTO PARRA / @naky / TalCual

En la avenida Francisco de Miranda hay un restaurante que cumple con el principio del cuento de Narnia: una puerta del tamaño de un armario que conecta a otro mundo en su interior. Nos sentamos en la barra por lo repleto que estaba el local. Me sorprendió la habilidad del barman para servir tragos, lavar vasos y montar un servicio frente a nosotros sin olvidar ninguna solicitud de sus compañeros.

Mientras esperábamos nuestro almuerzo, fue imposible no escuchar el testimonio del señor que tenía a mi lado: “Me estoy despidiendo del lugar que alimentó mis memorias”. Un amigo le palmeaba la espalda, diciendo que no exagerara, que seguro volverían a verse. “Yo sé que no”, le replicaba el viajero.

Explicó que cuando se vino de España era muy pequeño para saber qué era una depresión, que el mar lo ayudó a fuerza de mareos y vómitos –propios y ajenos– y así se adaptó a lo que creyó era su nuevo hogar: un barco. Pero llegaron a puerto y un tío desconocido al que debió pedirle la bendición, los recibió llorando con más vehemencia que su abuela cuando los despidió en Lugo.

Me perdí unos años de la historia respondiéndole unas preguntas a mi esposo y volví a oírle cuando ya casado, compró un apartamento en Los Dos Caminos y la empresa había crecido hasta tener una nómina de 130 empleados.

En su relato todo cambió con el Caracazo y comenzó a despedir a amigos de aquí y de allá. Sus 4 hijos ya viven en Madrid: “No sé cómo será la vida sin esta primavera perpetua, sin sus quesos jóvenes ni la playa tan cerca, pero toca”.

Cualquier cosa, aquí estaremos; dijo su amigo ya con la voz quebrada y el viajero le respondió con las mismas palabras, cambiando el aquí por allá, cortando las lágrimas con la solicitud de la cuenta, diciendo bajito: “Maldita sea, este era mi país”. No tuve el valor de verle, no con los ojos aguados y el nudo por ser testigo accidental de su despedida.

Llegaron nuestros platos. El barman viéndome a los ojos, dijo cortés: Espero que los disfruten. Moví la nariz simulando para él una alergia que no tenía, mientras el viajero nombraba todas las medicinas que lleva meses sin conseguir.

Con los cubiertos en la mano escuché del viajero: “Tú has sido un hermano, no un amigo; échame la bendición”. Y se abrazaron aprovechando la tela del otro para secar lo que iba cayendo. Me vi en los ojos de mi esposo, en su familia en ese mismo país, en un señor que no tomará la fotografía del piso de Cruz Diez, que discreto renuncia a su país para volver a otro que apenas recuerda, con más criterio sobre la depresión, con la urgencia de sobrevivir a su tercera edad consumada, seguro de que no regresará a esta primavera perpetua, a sus quesos frescos ni al local que le mantuvo las habas tibias, el arroz caliente, la fabada necesaria.

 

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