¡HISTORIAS QUE INSPIRAN! Cuando un ángel caraqueño nos salvó de pasar la noche en La Hoyada

DolarToday / Jul 25, 2018 @ 8:00 pm

¡HISTORIAS QUE INSPIRAN! Cuando un ángel caraqueño nos salvó de pasar la noche en La Hoyada

¡Qué golpeada se ha visto en los últimos años la Sultana de El Ávila! Tal parece que la crisis ha sacado lo peor del caraqueño, pues cada vez es más frecuente ver antivalores disfrazados de las llamadas “vivezas criollas”. Actitudes que se observan en el transitar citadino, el transporte público, los comercios y pare de contar… En una ciudad donde quejarse se ha convertido en el pasatiempo favorito de sus ciudadanos.

Por Estefani Cadenas / Caraota Digital

Sin embargo, la historia que contamos a continuación muestra que esa parte bonita del caraqueño no ha desaparecido del todo, sino que está escondida. Personas a las que solemos ignorar, pero que aún existen y buscan el bien ajeno más que el propio, y que además nos hacen mantener viva la fe en nuestros conciudadanos.

Nunca olvidaré aquel jueves…

De junio de 2018 por muchas razones. Ese día me encontraba reunida con dos compañeras de estudio para una despedida. Una de ellas se marchaba a Chile en dos días y para revivir los días de la universidad decidimos ir al centro comercial Lido, a aquel cine que queda medio escondido y que era nuestro favorito. A las 5 y 40 terminó la reunión y cada una se dispuso a trasladarse a sus destinos entre la nostalgia y la alegría.

Alrededor de las seis y media de la tarde unas 15 personas se encontraban en la redoma de Corazón de Jesús, La Hoyada, en el centro de Caracas, donde se toman las camionetas para San José Cotiza. A pesar de ser hora pico, no me demoré tanto en el trayecto en el Metro desde la estación Chacaíto hasta la de La Hoyada. Me extrañó ver a pocas personas esperando por el transporte siendo un jueves.

Cuando el reloj marcó las siete en punto de la noche, ya solo quedaban 10 personas. Algunas optaron por tomar el Bus Caracas y caminar el tramo de Cotiza hacia sus hogares. En mi caso era difícil porque era mucho lo que me tocaba caminar y siendo de noche no era buena idea, por lo que había decidido que me montaría en una unidad así fuera guindada en la puerta.

“¡Al fin llegó una camioneta!”, dijeron casi al unísono las personas que aún permanecían en la cola cuando a las 7:30 llegó una unidad. Entonces, el recolector dijo: “señores no hay camioneta, estamos cobrando 10.000 bolívares. Esto es lo que hay”, despreciable frase con la que pretenden manejarnos como borregos. “Qué abuso, nadie te pagará diez mil, si el pasaje está a cinco” – tarifa que ni siquiera estaba autorizada- exclamamos la mayoría. Pero nos equivocamos porque cuatro se montaron y con mucho afán. Ahora en la cola quedábamos seis: una pareja, dos personas de la tercera edad, una muchacha con una niña de 6 años y yo.

¡Ya son las 8! Y mi desesperación iba en ascenso. Reviso mi celular y una puntada en el estómago me avisaba que se aproximaba un ataque de nervios, cuando veo que a mi móvil le queda 3% de batería y ya iban cinco llamadas perdidas de mi mamá. Pensar en lo preocupada que debía estar me hizo doler la cabeza, pues se supone no iba a llegar de noche porque al otro día tenía que trabajar.

¡Llegó otra camioneta, aquí si nos montamos!

Fue lo que pensamos cuando vino otra unidad, pero qué va… Era otro insensible conductor reía a carcajadas junto al recolector al vernos. En lugar de estacionarse y cargar pasajeros siguió de largo hacia la avenida Universidad, ignorando con descaro a las personas desesperadas por llegar a su casa. Parece mentira la crueldad de algunos, por no decir todos los conductores, tal parece que la vocación de prestar el servicio ya no existe o ha sido reemplazada por el individualismo y la sinvergüenzura. Yo ni siquiera tenía para un mototaxi, pues todo el efectivo se me va en los tres transportes diarios que debo tomar para dirigirme a mi trabajo.

Minutos después, la pareja que se encontraba en la cola, luego de tanto insultar merecidamente a los choferes, fueron rescatados por un pana en una moto y, felices, se montaron. Uno de los septuagenarios exclamó varias cosas que nadie entendió pero que parecían ser groserías, y se fue por la avenida Urdaneta, en dirección al centro caraqueño.

El inframundo caraqueño…
Ahora solo quedábamos tres mujeres y una niña, a merced de cualquier peligro. Mi reloj marcaba las nueve en punto. La noche se volvía más oscura y sobre la cúpula de la iglesia Corazón de Jesús se posaban unas nubes apocalípticas. Ya era evidente que ninguna camioneta nos llevaría a casa. A esa hora, el inframundo caraqueño comienza a emerger: un borracho cantaba y lloraba al mismo tiempo porque su botella estaba vacía, unos jóvenes en situación de calle hurgaban la basura y nos miraban como hienas. Una pareja en la misma condición peleaban por dinero y ni un policía rondaba por la zona.

En medio de la angustia, a las tres mujeres no nos quedó otra que conocernos. La señora contó que vivía sola pues sus hijos no estaban en la ciudad, la madre de la niña llamaba a su marido para que de alguna forma la fuera a socorrer, pero él no atendía el teléfono. Yo tenía un nudo en la garganta, pero no me sentía con la confianza suficiente como para que me vieran llorar. Las palabras de mi amiga que se iba a Chile invadían mi cabeza: “prepara tus cosas para que te vayas de Venezuela, las cosas se pondrán peor”. Sentía que la odiaba por acertar tanto en tan pocas horas.

No conocía a nadie que viviera cerca, ni tenía cómo comunicarme porque el celular para ese momento ya se había descargado por completo. La casa del familiar más cercano estaba más cerca que Cotiza, pero a esa hora ya no pasaba ni un alma. Caminar hacia allá suponía exponerme a los mismos peligros. El Bus Caracas ya no pasaba. Estaba perdida, estábamos perdidas.

Aquí fue…

Mientras la señora murmuraba rezos de manera silenciosa, yo hablaba con la madre de la niña, que se había quedado dormida en sus brazos, cuando de repente llegaron dos motorizados con cara de expresidiarios dando vuelta a la redoma. Las tres nos timbramos y pensé: “aquí nos robaron, nos secuestraron” y otras cosas más feas que imaginé, y que no sucedieron en ese instante, pues los motorizados se marcharon. Sin embargo, teníamos miedo de que regresaran. Presumimos que estaban evaluando quiénes serían sus víctimas.

A las 9:40

Pensamos en la posibilidad de caminar y refugiarnos en la estación del Metro de La Hoyada, pero este cierra a las 11 p. m., por lo que igual quedaríamos a la intemperie, y ninguna tenía a alguien conocido que nos viniera a buscar. De repente me invadieron nuevos escalofríos. Volvieron los motorizados y siguieron de largo. Justo en ese momento, cuando miraba a la iglesia Corazón de Jesús rogando por un milagro en silencio, mi mirada se dirigió hacia el puente de la avenida Urdaneta, por donde apareció un carro blanco que se acercó a nosotras. Su conductor bajó la ventanilla y nos preguntó a dónde íbamos.

“Para la Forestal de Cotiza”, respondimos, y nos dijo que nos montáramos. Las tres nos miramos con incredulidad, pero, ¿qué opción teníamos? Lo importante era no quedarse allí. Nos montamos en el carro sintiendo miedo y esperanza al mismo tiempo.

El chofer escuchaba canciones cristianas, las cuales también cantaba con fervor, lo me dio una sensación de confianza y alivio. ¿Podía ser una señal divina? Una nunca sabe… La madre de la niña le preguntó cuánto nos cobraría. Yo calculaba que unos cien mil o por ahí cerca, pero el señor no contestó. Estando en la avenida Fuerzas Armadas se metió por un callejón que claramente no conducía a Cotiza. Nos volvimos a ver las caras con temor, y al percatarse de nuestra reacción se apresuró a decir: “hay una banda robacarros al final de la avenida, ya salgo por el mercado de Las Flores – que conduce a la entrada de Cotiza, y muy conocido entre los caraqueños – y efectivamente, así fue. Volví a respirar.

Finalmente llegamos a nuestro destino, sanas y salvas. Le volvimos a preguntar cuánto nos cobraría, y dijo “nada, no se preocupen”. La madre de la niña le dijo: “señor, de alguna forma le tenemos que pagar este gran favor” y lo que éste le contestó jamás se me olvidará: “Agradézcaselo a Dios que me puso en el camino, no a mi”. Nos bajamos del carro sumamente agradecidas con el misterioso señor que siguió su camino. “Dios lo bendiga” le dijimos. Llegando a mi casa me puse a reflexionar sobre las palabras del conductor y sentí una enorme gratitud al saber que aún quedan personas con corazón. Luego de sufrir la indiferencia e indolencia de los choferes del transporte público, un misterioso hombre pasaba por aquel lugar y se compadeció de nuestra situación. Aquí hay razones para seguir luchando, hay cosas que rescatar, valores que impulsar. No todo está perdido.

Al entrar a mi casa mi mama salió corriendo, estaba vestida para salir, creo que se estaba preparando para ir a la Policía a reportar mi desaparición. Consternada, me preguntó: “¿Dónde estabas? ¿Por qué no contentabas el teléfono? ¿Qué te pasó? ¡Nos tenías angustiados! Con una sonrisa le contesté “Un ángel caraqueño nos salvó de pasar la noche en La Hoyada”.

 

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