¡IMPERDIBLE! “Diario de un bachaquero” (Una historia de horror hecha en revolución)

DolarToday / May 11, 2015 @ 8:30 pm

¡IMPERDIBLE!  “Diario de un bachaquero” (Una historia de horror hecha en revolución)
People queue up outside the state-owned Bicentenario supermarket in Caracas on January 16, 2015. Venezuela suffers from shortages of nearly a third of all basic goods, inflation that ballooned to 64 percent in 2014 and a recession triggered in part by a scarcity of hard currency that limits imports of essential goods. AFP PHOTO/FEDERICO PARRA

No es lo mismo que te lo cuenten a que tú lo vivas. No se trata de una frase de esas que usan ahora los famosos desarrolladores del llamado Coaching, que “te enseña a ser mejor persona” y que está tan de moda en el mundo, dado pues que la estupidez avanza como el lado oscuro en El Señor de Los Anillos de J. R.R. Tolkien.

Por Carmen Carrillo / El Fortín de Guayana

Yo me apliqué la máxima y me fui de “bachaqueo” la semana pasada el día que me tocaba por mi terminal de cédula. Bueno, déjenme decirles que con cédula o sin cédula no hay nada en los supermercados del oficialismo como en los que no lo son.

Lo que al final nos revela que no es un problema de que la cruel y malvada canalla como decían en la época de Salvador Allende en Chile o cuando Juan Domingo Perón en Argentina, aquí la llamamos oposición apátrida y pro yanqui, ustedes saben para seguir las enseñanzas de nuestro nuevo gurú político, antes Fidel Castro, ahora los hermanos Castro porque pagamos por uno pero nos dan dos, sino de falta de producción, productividad y de ausencia de dólares suficientes para importar de todo.

Primera incursión bachaquérica

Me fui hasta un Mercal de los que están en la parroquia más grande de América Latina, léase Unare. Es apenas un cuarto con cuatro estantes llenos.

En una hay arroz cien por ciento grano partido; en otra hay un producto para tomar con leche, especie de bebidas energéticas pero de las que no tienen esteroides; en otra galletas dulces; en una había aceite pero ya no quedaba nada y en otra había mermeladas de todo tipo. Esta última compartía espacio con las galletas.

Entré a buscar aceite pues me habían dicho que había pero llegué tarde. Claro como al inocente lo ayuda Dios, le pregunto a las cajeras dónde está el aceite, la dama me mira de mal modo, no le caí bien, algo normal por cierto, tengo ese don, aunque llegue bajitica, debe ser por lo blanquita, lo delgadita, con carita de buena gente, ustedes saben uno se ve bonito en el espejo de su casa y sale creyéndoselo para que los otros también lo crean.

En la cola hay un joven que me dice: En esa cesta hay dos litros agárralos que los dejaron, cosa que prontamente hago y luego le agradezco al joven el apoyo.

Hago mi cola en caja donde afortunadamente no están sino el joven que me dio la pista y yo. La cajera le pide el número de cédula al muchacho y descubre que él ya ha estado allí comprando aceite, producto que por cierto lleva en sus manos. Había comprado el día anterior.

El muchacho se la toma con soda y deja las botellas de aceite en el lugar y se va refunfuñando mientras la cajera dice que si él hubiera sido más educado ella lo hubiera dejado sacar las botellas. Honestamente yo no vi que hiciera nada malo en la caja el joven pero ustedes saben hay lenguajes que los ignaros no comprendemos.

Luego es mi turno. Le entrego la cédula a la joven quien introduce mis datos en la máquina y se da cuenta que nunca he ido a Mercal. Me lo hace saber y me hace colocar el dedo pulgar, derecho e izquierdo, en el capta huella. Quedo así registrada en el nuevo modelo cubano de racionamiento alimentario. En silencio, envío un pensamiento para los hermanos Castros y casi se me sale una lágrima de alegría cuando pienso que gracias a mi presidente comandante eterno Chávez y a Nicolás Maduro, hoy contamos con el apoyo de los cubanos y los Castros para poder comer.

Siempre me pregunté por qué Rómulo Betancourt nunca los quiso. Seguramente mezquindad, ¿Verdad? Carlos Andrés Pérez siempre los ayudó pero no los dejó pasar de la sala, a los hermanos Castro, digo. Sólo Chávez y Nicolás los metieron para los cuartos y ahora no hay manera de sacarlos.

Segunda incursión bachaquérica

Como me pareció tan fácil el proceso de comprar en la cadena alimentaria del gobierno, decido incursionar por segunda vez en mi rol de bachaquera.

Escojo entonces el premio de los premios, el supermercado que antes era una cadena de un cubano también pero gusano porque se fue de la isla huyéndole a la revolución castrista.

En ese supermercado en el pasado había de todo, muchos productos argentinos lo recuerdo. Quería saber ahora cómo era el asunto.

Me voy con una colega que tiene contactos en todos lados. Cuando nos encontramos en el café Copelia (todo es un leit motiv referido a Cuba, ustedes saben por los helados de esa marca, que vendemos ahora en Venezuela), claro ese café se llama así antes de que llegaran nuestros salvadores, la llaman para ofrecerle cauchos y ella me pregunta si quiero.

Le consulto: ¿Dónde están vendiendo cauchos?

Me responde: En Bella Vista en San Félix. Le digo, no hija allá se va a presentar una sampablera. En San Félix no están con cuento y entre el calor y el desorden cualquier cosa puede pasar.

Le dije esto como si fuera bruja o tuviera el don de ver el futuro, pues al día siguiente se presentó en la avenida Manuel Piar de San Félix un saqueo de cauchos.

Me sentí mal por ello porque perdí un deseo, pude haber pedido sacarme el Kino para irme a Suiza país que le gusta a mi gobernador favorito tanto como a mí. Bueno, nadie se muere la víspera sino cuando le toca.

En el local tienen un pantalla plana y transmiten el juego Juve/ Real Madrid, donde mi equipo los merengues van perdiendo. Hay tensión. Mucha gente viendo el partido. Mucha gente parada a las afueras del supermercado. Cola allí. En el cajero de al lado. En la puerta del Banco que allí está. En fin gente por demás, como dirían los niños.

Mi enoclofobia (miedo a las multitudes) se dispara. Comienzo a sudar como cochino en horno. Y me da como taquicardia. Como puedo me controlo y empiezo a presionar a la periodista para preguntarle, qué esperamos que no hacemos la cola como todo el mundo.

Me responde: Ya va jefa, tenga paciencia, tengo un amigo que viene a buscar las cédulas. El joven llega y se sienta sin saludar. Me sobresalto hasta que le veo la camisa de empleado de la red y me tranquilizo.

El muchacho se concentra en el pantalla plana y el Real Madrid hace un gol que se siente en los alrededores por los gritos de los fanáticos, including me. Eso baja la tensión un poco. Hace calor y nos bebemos litro y medio de agua.

Pasa media hora. El empleado nos dice que saquemos la cédula sin que nadie la vea y se la entreguemos. Comienzo a sudar otra vez pero no por el calor sino por los nervios, las vainas mal hechas siempre me han puesto nerviosa.

La periodista me dice páseme la cédula jefa, como puedo se la entrego y ella las coloca bajo el celular del muchacho quien recoge su celular y se lleva los documentos.

Baja la presión. Ya pasamos la primera alcabala. Él nos explica que debemos meternos en la cola cuando salgan los empleados del supermercado a entregar las cédulas y recibamos la nuestra y pasemos tranquilamente.

Yo no me había dado cuenta que la cola para ingresar al supermercado comenzaba en la calle, después de pasar el estacionamiento, al lado de la reja. Quedo en shock y pienso Dios mío y esta gente hace esto todos los días.

Nos levantamos de la mesa y nos vamos para la cola. Es un estrés esperar que el hombre te de la cédula y al fin ingresas a lo que según el gobierno es el paraíso de la comida en la tierra.

Sólo segundos dura este pensamiento. Al ingresar al supermercado, hay otra cola que parece una serpiente: Es la gente en las cajas para pagar. Trato de superar ese trauma y observo lo que hay en los estantes.

Bueno, en el lado de las verduras y vegetales sólo hay cebollín. Parece que fue buena la cosecha No hay más nada.

Luego caminamos por el local, vemos leche en polvo. Casi caigo de rodillas de la emoción. Tenía tanto tiempo que no la veía que no la reconocía. Son estantes y estantes de bolsas de leche.

Me acuerdo de Carlos Osorio y agradezco al presidente Nicolás que lo haya regresado para la vicepresidencia de Alimentación, no importa el caso Pdval y la comida dañada: Esos son gajes del oficio.

Hay leche en polvo. Aleluya. Siento que me baja el Espíritu Santo como dicen los evangélicos y ojo no me estoy burlando, lo que pasa es que esa es la sensación.

Descubro estantes con aceite. Estantes con pan. Con aceite. Con pan. Con leche. Y otros productos. Tengo que admitir que la oferta no pasa de 30 productos en todo el supermercado.

Voy al área de charcutería. Hay cinco trabajadores sentados. Hombres y mujeres. Te cansas de pedir las cosas y ninguno te contesta. Recuerdas entonces, este es el hombre y la mujer, nuevo y nueva, que atienden con mucho cariño al usuario porque antes no era así y me digo no te quejes. Ahora estamos mejor, sólo que ellos están cansados de no hacer nada, tenles paciencia, no te arreches, dale gracias a Dios que está aquí me repito, como ustedes saben te recomiendan que hagas los expertos en Coaching.

Ya hecho el tour, con leche y pan en la mano pues no hay más nada y no me atrevo a agarrar aceite porque los compré en la mañana y la lógica indica que eso debe aparecer en el sistema, claro yo no sabía que eso no estaba interconectado que es apenas esta semana cuando se está haciendo, vamos a la cola de la caja.

Le digo a la periodista que me voy porque aunque quiero la leche en polvo esa cola va a ser de por lo menos tres horas. Ella me dice que me tranquilice que su amigo nos va a pasar a la cola de los empleados.

Le digo, nos van a linchar aquí. Esta gente no tiene cara de hacer cursos de tolerancia, le insisto. Ella me responde muerta de risa, jefa deje el miedo, si la gente supiera me dice y se ríe.

Yo le contesto, una vaina es pelear desde una hoja en blanco y otra con gente en vivo y en directo, que no tiene límites y que no le importa nada, que no conoce la nobleza porque ha sido abusada durante muchos años. Hay otro que abusan todo el tiempo y tampoco tienen nobleza.

Ella se ríe y saca su carnet. Yo le digo: ¿Qué? Yo no voy a sacar carnet, me muero de la pena, yo nunca he hecho eso, siempre llego como ciudadana le insisto. Ella me contesta, Ay jefa ¿Cómo ha llegado usted tan lejos?

El amigo de ella, empleado del supermercado, nos pasa efectivamente a la cola que es cortita y aunque no estoy tranquila porque podrían venir los que tienen tiempo allí y reclamar y temo mucho eso, ustedes saben por el escándalo, comienzo a bajar la presión.

Una dama delante de mí lleva aceite y leche en polvo. Al ingresar la cajera su número de cédula le dice: Ya compraste aceite y leche hace tres días, no puedes llevarlo. La mujer deja todo sin queja.

Pasa otra y al fin me toca a mí. Entrego mi cédula y vuelve a ocurrir lo mismo que en la mañana: Primera vez que viene me dice la mujer y yo le respondo sí. Vuelvo al mismo procedimiento con la capta huella, pero esta vez es con el dedo índice, izquierdo y derecho, la empleada ingresa mis datos y me da la bienvenida. Pago. Mendigo una bolsa plástica porque no hay y salgo de allí. Les juro que tener a mi hija fue más fácil.

Le pregunto a uno de los empleados qué hace esa gente parada enfrente del supermercado si ahora hay un control y me responde: Señora allí pasan todo el día. No se mueven. No pueden entrar porque ya compraron pero allí se quedan.

Ocurre entonces delante de los dos, que salen dos mujeres con cuatro botellas de aceite entre las dos. Un hombre se les acerca les quita los aceites y se despide de ellas. Las damas cobran se van por una puerta y el hombre arrima sus bolsas de aceite hacia un monton donde hay muchas más botellas. Ya entiendo porque pasan el día allí. Pero claro ni el empleado, ni el policía ni el guardia nacional que allí están se dan cuenta de eso.

Conclusión

Buena la medida de las capta huellas, por lo menos no es la misma gente todos los días pero siguen las colas y lo más importante no hay productos porque en Venezuela nuestro presidente Chávez siguiendo la receta de los Castros acabó con el aparato productivo del país para que sólo el Estado tuviera dinero y nadie pudiera levantarse y protestar.

Lo malo, que no lo tienen los Castros, es que el país recibe semanalmente millones de dólares por la venta de petróleo y aunque al principio se importaron los alimentos y unos cuantos vivos se hicieron millonarios con eso, ahora no traen comida sino que simplemente se llevan los dólares mientras en Venezuela no hay ni leche para un infante.

Nicaragua durante el primer gobierno sandinista vivió una hiperinflación con un modelo económico similar al nuestro. En Managua lo más abundante era la miseria y la gente llevaba el dinero en carretillas para poder transportarlo y comprar.

En Cuba sólo se producen deportistas y médicos. Más nada porque hasta la caña de azúcar bajó. Además de eso hay mucha miseria por lo mismo, el modelo económico donde el Estado no produce ni deja producir.

En Venezuela, hemos aprendido rápido esa misma lección con el agravante que todos los venezolanos vemos como unos vivos se roban el erario público, tal cual hizo Antonio Guzmán Blanco cuando salió con el cofre del tesoro público bajo el brazo por las calles de Caracas.

 

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