La contradicción del católico no practicante

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La contradicción del católico no practicante

@DolarToday / May 12, 2013 @ 9:12 am

Pocas cosas hay más inconsistentes que el llamado “católico no practicante”. Es prácticamente una contradicción de términos. A veces, uno escucha a alguien decirlo de sí mismo, incluso hasta con cierto acento de orgullo, como si definiese su modo de ser católico con un calificativo normal, como si dijese un “católico chino”. Es decir, como si fuese una variedad normal de católico, una opción más, como si se pudiera ser un “buen católico” no practicante.

Pero si lo piensas, en realidad es un término bastante negativo, que tiene poco de honroso para quien se lo auto-atribuye, ya que significa “un católico que no vive como católico”, “un católico que no es un buen católico”, “un católico que no parece católico”, “un católico que no vive lo que cree” o “que piensa que no vale la pena vivir lo que cree”, “cuya fe no es lo suficientemente grande como para vencer su pereza”, “un católico que piensa que su fe no es tan importante como para vivirla”; “que piensa que da igual vivir que no vivir su fe”.

Un católico que vive como si no lo fuera, que permanece siendo católico sólo en el campo teórico, va perdiendo también la fe, su adhesión a la doctrina católica. Y estos es así, en primer lugar, porque la va olvidando. Es cada vez menos católico. Se cumple lo de San Agustín: “el que no vive como piensa, termina pensando como vive”. Su relación con Dios llegará a reducirse a compromisos sociales (bautismos, bodas, primeras comuniones, confirmaciones, funerales…) y necesidades (salud, dinero, trabajo) que sean tan imperiosas como para hacerle acordar que Dios existe y que uno debe dirigirse a Él.

Es un problema serio dejar de asistir a Misa porque que significa el comienzo de una religiosidad centrada en uno mismo, en la que lo que Dios manda deja de ser la regla, para ser reemplazado por lo que yo siento, pienso, o me cae bien.

Una religiosidad frente al espejo. Uno ha dejado de ponerse frente a Dios para ponerse frente a sí mismo. Como consecuencia de abandonar esta cita semanal con lo sagrado, comienza un proceso de insensibilización espiritual: la espiritualidad se va secando, el terreno del alma se va volviendo cada vez más árido para las cosas de Dios, que cada día mueven menos, aburren más, o simplemente ya no me importan.

Pecados que antes preocupaban, dejan de preocupar, cada vez son más los días que no reza nada. El alma se va volviendo indiferente, pierde sensibilidad espiritual. Y esto sucede poco a poco. Quien deja de ir a Misa, al principio puede tener la impresión de que no ha pasado nada, de que todo sigue igual, pero no es así. Ha dejado de ser teocéntrico, de vivir centrado en la Eucaristía semanal. Ha desplazado a Dios del centro y esto se paga. Es como el pecador a quien puede parecer que su pecado no tiene consecuencias, pero tarde o temprano descubre que de Dios nadie se burla.

(Fuente: http://santamariadebaionadiocesistuy-vigo.blogspot.com.es)

 
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