¡LA SALUD EN TIEMPOS DE REVOLUCIÓN! Reportaje de impacto: La infamia vive en el hospital de Barcelona (fotos)

DolarToday / Jun 30, 2016 @ 2:00 pm

El que una vez fuera el centro de salud más importante del oriente de Venezuela, hoy sobrevive gracias al accionar de sus médicos. Presenta los mismos problemas que sus pares: falta de medicamentos, de personal y de instalaciones adecuadas. Últimamente ha adquirido fama por ser uno de los mejores representantes del actual sistema de salud en el país.

FOTOGRAFÍA: CRISTIAN HERNÁNDEZ / JEFFERSON DÍAZ / @Jefferson_Diaz / El Estimulo

El hospital universitario Dr. Luis Razetti de Barcelona es un barco sin rumbo. Ideado en 1940 como un centro de atención para los tuberculosos, originalmente estaba en el centro de la ciudad. Luego, en 1962 fue trasladado a las afueras, cerca de la Universidad de Oriente. Conocido por tener una de las mejores estructuras sanitarias en oriente, su popularidad decayó a tal punto que ahora se conoce internacionalmente por sus carencias y la lucha perenne que tienen sus trabajadores para seguir en funciones.
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Tienes tres accesos: pediatría, emergencias y puerta principal. En cada una, los milicianos y personal administrativo pregunta para dónde va cada quien. Preguntan, con cierta suspicacia, cómo se llama el doctor al que se verá y el área donde se estará. Muchas dudas conjugadas en futuro que se deben responder con confianza o de lo contrario te hacen esperar afuera hasta que alguien de adentro te busque y corrobore tu historia. Tanta paranoia viene desde que el director de este centro fue detenido por, supuestamente, robarse una gran cantidad de medicamentos.

“Son minuciosos cuando les conviene. Porque los lugares que deberían proteger los dejan abandonados. Los salones de clase de los estudiantes se usan como baños públicos por los familiares de los pacientes, hay sectores en hospitalización donde se han reportado robos y en emergencias más de una vez ha ingresado gente armada” cuenta uno de los residentes de traumatología.

La emergencia es un cuarto construido en ele con dos entradas y cinco puertas que conducen a diferentes habitaciones. En una de ellas hay dos presos de la cárcel de la ciudad que esperan por atención. Uno de ellos tiene un tumor en uno de sus testículos y el otro una cortada que le nace en la frente y le llega a la parte trasera del cráneo. Una línea irregular de sangre y pus que marca su cabeza. “El doctor me dijo que los metiera aquí para atenderlos. Tienen dos horas esperando” explica uno de sus custodios sin darle chance a los detenidos de que hablen. Están esposados el uno al otro y su ropa está sucia. En un camilla a su lado está una muchacha que se desmayó en una camionetica cuando iba para su casa. Una de las enfermeras trata de quitarle los pantalones manchados de orina mientras le pregunta cuántos años tiene y cómo se llama.

Todo el cuarto tiene hongos en las paredes, el piso está manchado de sangre y un solo bombillo brinda una iluminación irregular que da a toda la escena un aire lúgubre.

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Afuera, hay un grupo de policías regionales que visitan a un compañero. Recibió tres tiros durante un operativo y lleva hospitalizado en emergencias quince días. No hay camas disponibles en los pisos superiores. Entre todos sus colegas hicieron una colecta en el comando para comprarle medicinas e insumos. Una de las heridas se le infectó y lo han operado tres veces. “Ha sido afortunado porque son operaciones de emergencia. Porque las electivas están suspendidas desde hace tres meses. No hay suficientes anestesiólogos y los quirófanos que funcionan son escasos”, cuenta la enfermera de este caso.

En el hospital se construyeron diez quirófanos. Sólo funcionan cuatro. Los demás presentan filtraciones o tienen equipos dañados. De los habilitados, funciona uno por cada servicio de emergencia, y para los demás hay que inscribirse en una lista de más de mil personas para optar por una operación. A esto se une que la capacidad de operar de los cirujanos no está determinada por sus habilidades, sino por los servicios que estén disponibles en ese momento: agua, electricidad y aire acondicionado. “Hace mes y medio estuvimos más de doce horas sin luz. Fue el momento más amargo para la gente de neonatología. Tuvieron que dar respiración manual a siete niños. Cuatro murieron”, apunta uno de los residentes de emergencia.

Cuando subes a neonatología lo primero que notas es la asepsia del lugar. Parece un banco y las incubadoras su bóveda. Muchos letreros indican que sólo personal autorizado puede pasar, y cualquier información que necesites debes preguntarle a la jefa del servicio. Las enfermeras son celosas con su trabajo y no dejan que desconocidos ingresen. Una rápida mirada nos muestra que las incubadoras funcionan, pero son escasas para la cantidad de partos con alto riesgo que se presentan a diario. Al menos quince para diez equipos de soporte vital neonatal.

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Al igual que en el hospital de Niños de Caracas. Los padres deben procurar aquí las fórmulas necesarias para sus bebés. También hacen falta teteros, mantas y hasta juguetes. Una manera en la que estos recién nacidos escapen un poco del lugar donde encontraron vida.

Contrapeso con botellas de agua

Cada cama está oxidada. Cada cama tiene alguna pata rota o remendada con alambres. En el piso cuatro está una de las áreas de hospitalización. Son pacientes que sufren de enfermedades crónicas como cáncer o diabetes, o los que están esperando una operación electiva.

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Ahí está, desde hace dos meses, Luis Cerdeño. Durante una visita en Caracas lo intentaron robar por Petare y recibió dos tiros en la pierna derecha. Una le entró por la ingle y le salió por un glúteo, y la otra le partió el fémur en tres partes. “Primero me llevaron al hospital Domingo Luciani, pero ahí me enyesaron a pierna y me dejaron tres días esperando tratamiento. No me gustó cómo me atendieron. Así que me viene para acá y la doctora cuando me vio me dijo que era una locura lo que me habían hecho. De broma no pierdo la pierna”.

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Necesita dos placas de metal y los tornillos necesarios para remendarle el hueso. No los tiene. Una sola placa cuesta trescientos mil bolívares. Mientras tanto, no sabe qué esperar. Su familia ha movido todos los contactos que tienen para conseguir el equipo, pero aún no cuentan con los recursos. Mientras tanto, las enfermeras que se encargan de Luis procuran que coma todos los días: el almuerzo de hoy es sardinas con ensalada rayada. Y le llenan los tres pipotes de agua que sirven como contrapeso en la camilla para que su pierna siempre esté elevada. Son botellas de galón que antes tenían jugo de naranja.

Una situación similar vive Carlos Paz. Hace dos semanas se cayó de la moto y se fracturó la mandíbula. Protección Civil fue quien lo trajo hasta acá y desde entonces su mamá no se ha separado de él. Lo primero que le mandaron hacer fueron unas placas de rayos X que tuvo que buscar en una clínica privada. Veinte mil bolívares por un juego de cinco placas. Después vino la tomografía. Sesenta mil bolívares para tener una lámina con imágenes en tres dimensiones y un CD. “Luego tienes que sacar cuentas con las soluciones, gasas, jeringas, antibióticos y otros insumos que he tenido que buscar hasta debajo de las piedras. Y todavía no sabemos cuándo lo van a operar” cuenta su mamá.

Al menos un 45% de las personas que están hospitalizadas en este piso llegaron con una herida de bala o por accidentes de tránsito. El hospital de Barcelona trata a diario en emergencia a unas 180 personas, de las cuales el 50% se va para triaje y el resto se divide en trauma y pediatría. Aquí llegan casos de todo el oriente del país y es la principal escuela de medicina de la UDO. Una escuela que se ha destacado en los últimos años por su alto nivel de deserción en sus aulas. Dos de cada cinco estudiantes de medicina se irán del país una vez culminados sus estudios según datos de la propia facultad, y el deterioro de las instalaciones educativas dentro del hospital ronda el 75%.

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Precisamente son los estudiantes los que mantienen vivo este hospital. Le dan el toque humano necesario a una “medicina de guerra” como ellos la describen. Un término más que extendido por estos lares. Son ellos los que han estado pendientes de Luis –un nombre muy popular por aquí-, quien tiene cáncer de piel con metástasis. Un paciente que fue abandonado por sus familiares al no tener cómo pagarle el tratamiento. Un paciente que está solo y cuenta nada más con los buenos oficios de jóvenes que no pasan los 25 años y a veces sus batas blancas son más grandes que sus torsos.

Hoy Luis llora. Tiene una llaga en gran parte de su espalda y necesita un curetaje para evitar que siga sangrando. Uno de los residentes llega con guantes, gasas y alcohol para tratarlo. Le habla, le dice que está bien y que esté tranquilo porque lo van a curar. “Lo único que podemos ofrecerle es el mejor tratamiento posible y calidad de vida” cuenta un muchacho bajo, de piel morena y con ojos avispados al que las enfermeras llaman médico.

¿Dónde está el orden?

Lugares esenciales como el banco de sangre sólo cuentan con un especialista. Mientras que el área de obstetricia tiene una gran reja que cubre todos sus accesos. Un miembro de la milicia pregunta a cada uno de los que entran para dónde va y si es el familiar de alguna parturienta. Se han reportado casos de bebés desaparecidos y de mujeres que se han llevado insumos como pañales o leche.

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Todos los pasillos del hospital denotan abandono, y en algunos sectores huele rancio. Una de las señoras de mantenimiento explica que ellas son las que deben comprar los desinfectantes y cloro para poder limpiar porque desde el Seguro Social la dotación tarda en llegar. A veces hasta dos semanas. “Con lo que tenemos no nos alcanza para limpiar de la manera en que quisiéramos. Entonces nos enfocamos en zonas esenciales como emergencias, hospitalización y neonatología” declara.

Precisamente en emergencias es donde se necesita mayor limpieza. Huele a excremento, a hierro –característico de la sangre seca- y a vomito. Las sábanas se reúsan aquí y las enfermeras usan los mismos guantes de látex hasta tres veces.

Una situación que confirma Eduardo Santiz. Él se cayó de un árbol mientras bajaba mangos para venderlos en el malecón de Puerto La Cruz. No sabe si tiene costillas rotas u órganos lacerados. No hay para hacerle una tomografía y tampoco cuenta con los recursos para hacerla.

Su hermana viene en camino. Con una camisa limpia porque la que tenía se la mancharon de sangre cuando lo ingresaron a emergencias. “Me la manchó una enfermera que recién había atendido a un herido de bala”, se lamenta.

 

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