[VIDEO] VÍCTIMAS DE IRIS VARELA: El llanto desesperado de las esposas de los reos de Uribana

@DolarToday / Mar 24, 2016 @ 6:00 am

Cinco días duró la revuelta en Uribana que terminó con cinco muertos y más de 20 heridos.  “Ahí van, ahí van. Acaban de sacar a los rehenes”, gritaba un grupo de al menos 20 mujeres apostadas a las afueras de la cárcel cuando, cerca de las 10:00 de la mañana de ese martes 22 de marzo, vieron pasar tres camionetas blancas del Ministerio para los Servicios Penitenciarios. Las siete asistentes sociales y el resto de los custodios que permanecían secuestrados desde el  18 de marzo salieron con vida de Uribana. Pero lejos de alegrar a los familiares de algunos de los 1900 reclusos que cumplen condena en el Centro Penitenciario David Viloria (nombre original), eso solo significaba que ya no tenían el control y que la Guardia Nacional entraría a hacer requisa.

De inmediato, la ministra Iris Varela ofreció un contacto telefónico al canal del Estado en el que informaba que las 14 personas que permanecían secuestradas en el penal habían sido liberadas y trasladadas a un centro asistencial. “Está hablando la mujer esa, la y que ministra”, avisaba la hermana de un preso a los demás que esperaban impacientes entre carpas improvisadas con sábanas y hamacas. Una de las periodistas mostraba en su teléfono las declaraciones de Varela vía Twitter.

“Esa mujer parece que no tuviera familia, nunca dio la cara y ahora viene a decir que ya se solucionó todo. No le importa la vida de nadie”, se le escuchó decir a Yadira (nombre ficticio), tía de uno de los reos que permanece en el módulo 8 desde hace siete meses por el delito de robo. Ella esperaba sentada debajo de un toldo hecho de plástico cualquier noticia, con suerte una llamada desde dentro de la cárcel, que le informara que Yerver estaba bien y que no sería trasladado a otro centro de reclusión.

Los perros vagaban de un lado a otro en busca de algún bocado de comida abandonado por las más de 200 personas que se encontraban en la calle que dirige hacia la entrada de Uribana. En uno de los ranchos cercanos, un pastor evangélico invitaba a todos “los desesperados y angustiados” a que confiaran en Jehová: “así se escuchen disparos y la guardia entre, no habrá muertos. Jehová protegerá a los muchachos”.

Una hora más tarde, a las 11:15 de la mañana, el cordón de funcionarios de la GNB que resguardaba la entrada al penal, se deshizo para abrir paso a cinco autobuses que trasladaban a 200 reos hacia otras cárceles del país, entre ellas las de Tocuyito (en Carabobo) y Tocorón (en Aragua). Los presos iban agachados y sin camisa. Algunos pudieron sacar las manos por el pequeño espacio enrejado de las ventanas a modo de despedida. “Dios mío, van ensangrentados. Les dieron golpes. Esos traslados no son voluntarios, los obligaron”, decía una muchacha que creyó ver a su esposo dentro de uno de los vehículos y de inmediato comenzó a correr angustiada. Cayó al suelo y cuando recuperó el conocimiento volvía a gritar: “Dios mío, ayúdalo. No lo dejes”.

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