La selva de la desesperación, Por El Nacional

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Hay que aplaudir la disposición de los gobiernos de Colombia y Panamá para tratar de disminuir los terribles riesgos que corren los migrantes cuando atraviesan el Darién, pero no puede dejarse todo en esa opción. Es importante la difusión y publicación de lo que han tenido que sufrir los que se aventuraron a esta travesía, para ver si de esa forma se contribuye a disminuir el número de víctimas fatales, que duelen a todos y cada uno de los venezolanos.

Por El Nacional

No son pocos los relatos de sobrevivientes que están circulando por las redes sociales en los que aconsejan, muchos entre angustia y llanto, no hacer esa travesía. Lo vivido es literalmente un infierno. Pero así se sentirán en el país, que miles aún están dispuestos a asumir el riesgo de perder la vida en esa selva antes de seguir padeciendo la crisis humanitaria provocada por más de 20 años de gobierno chavista.

Los diversos organismos que se han ocupado de esta crisis migratoria, tanto de Panamá como Colombia e incluso Acnur, manejan los datos de los se han lanzado por esta ruta para llegar a Estados Unidos o Canadá. Al parecer, aproximadamente 71% de las personas que han cruzado desde enero de 2022 son de nacionalidad venezolana.

Es preocupante lo que se vive en el Darién. No se trata solo de las terribles condiciones de la zona, para las cuales no todos están preparados. Ríos, humedad, pantanos… Y el que por algún motivo no pueda seguir, es dejado allí sin remordimiento alguno.

A esto se suman los grupos de delincuentes que se aprovechan de la desesperación. Ellos saben que los migrantes llevan sus ahorros y se los quitan. También sus documentos de identidad. Cometen abusos sexuales. A algunos los obligan a llamar a sus familiares para que depositen dinero a cambio de respetarles la vida.

Los venezolanos no salen del país en las mejores condiciones. La mayoría lleva tiempo comiendo mal y sin recibir atención médica para sus dolencias. Si a esta realidad le agregan las condiciones geográficas adversas, animales salvajes e insectos, días sin alimentos y agua contaminada, solo tienen garantizadas las enfermedades. Y todos los sobrevivientes de este calvario lo dicen: un caminante débil no sale del Darién.

Es un infierno de al menos 130 kilómetros que no merece ser vivido por nadie. Menos aún por los niños que se ven en tantas imágenes sobre los hombros de sus padres. Las muertes y las desapariciones en el Tapón del Darién deben acabar. Para nadie es un secreto quiénes son los responsables de la crisis que ha arrojado a los venezolanos a tanto sufrimiento. ¿No es obvia entonces la solución a esta desgarradora realidad?