Luis Herrera Campíns: Un gran presidente y un mejor venezolano

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Luis Herrera Campíns, un hombre común que no se parecía a nadie

Ramón Guillermo Aveledo 4/05/2020/ La Gran Aldea

Hablaba y leía varios idiomas pero lo disimulaba. Administraba el secreto. Luis Herrera Campíns, Presidente de la República (1979-1984), abogado de estudios y periodista de oficio. Si se suman sus visitas a las regiones, durante su presidencia, pasó casi un año entero en el interior del país. Fue el Presidente democrático que más obras le hizo a Caracas.

El  4 de mayo se cumplieron noventa y cinco años del nacimiento en Acarigua de Luis Herrera Campíns, Presidente de la República (1979-1984), abogado de estudios y periodista de oficio. Desde los años setenta lo celebraba sin falta amaneciendo en Margarita para un desayuno con amigos y compañeros y en la noche en su casa de Sebucán, comprada a crédito a Juan Bernardo Arismendi, donde vive su viuda doña Betty y dos de sus hijos.

Llanero por los cuatro costados. Su padre era cojedeño y su madre de Ospino. Por casualidad, su admirado paisano cercano José Antonio Páez, murió un 6 de mayo de 1873. El llano, siendo una región extensa y sin el vigor de los Andes o el Zulia, tiene sin embargo una considerable huella en la cultura venezolana por su música, su comida y su presencia en la literatura.

Típico y atípico, Luis Herrera era un hombre común que no se parecía a nadie. Elocuente y silencioso, impresionaba por la gracia y densidad en sus discursos parlamentarios y presidenciales o en sus declaraciones que eran improvisaciones bien pensadas pero como su paciencia, sus silencios eran proverbiales y, para algunos, incluso desconcertantes. Sencillo y sofisticado, cultivó la amistad de boxeadores y compañeros de partido de los más remotos pueblos, pero ningún otro político fue visitante tan asiduo de las galerías de arte y conocedor tan detallado de museos del mundo.

“El Presidente democrático que más le hizo a Caracas: Metro, Teresa Carreño, las obras de los Juegos Panamericanos, la ampliación del Museo de Arte Contemporáneo y el Alejandro Otero de La Rinconada”

Renovador y conservador, podía designar un ministro a cargo del desarrollo de la inteligencia humana o promover la reforma del código civil y mantener exigentes criterios éticos en la comunicación televisiva. Ortodoxo y abierto, nadie como él era un conocedor creyente de la doctrina social cristiana pero tenía relaciones en todas partes y era capaz de coincidir con quienes profesaban ideas muy diferentes. Admirador de Caldera, jefe de su partido, y Betancourt, jefe del partido adversario, logró para su candidatura, además de apoyo de COPEI, el de rivales históricos como Jóvito Villalba.

Hablaba y leía varios idiomas pero lo disimulaba. Administraba el secreto. Había viajado mucho por el mundo y también por Venezuela. Si se suman sus visitas a las regiones, de su presidencia, pasó casi un año entero en el interior. Provinciano siempre desconfiado, es sin embargo el Presidente democrático que más le hizo a Caracas: Metro, Teresa Carreño, las obras de los Juegos Panamericanos, la ampliación del Museo de Arte Contemporáneo y el Alejandro Otero de La Rinconada.

Leía de noche y se despertaba temprano. Mi cuenta diaria con él era antes de las ocho de la mañana y ya había leído la prensa. Conocía mucho a mucha gente, aquí y afuera. Con los dignatarios extranjeros lidiaba a base de profundas nociones de la historia y cultura de sus países y los datos que la observación aguda le daba de su personalidad.

Enigmático hasta el fin de sus días, este hombre tan conocido fue un desconocido para sus contemporáneos.