El único gallo es Jorge

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Las intervenciones destempladas del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, constituyen la parte principal del anecdotario grotesco del parlamento oficialista. Un conjunto de expresiones de mal gusto que desdicen del alto cargo institucional que ocupa Rodríguez, de su condición de jefe del equipo negociador del gobierno en el diálogo con las organizaciones de la oposición democrática e, incluso, de su carácter de médico psiquiatra, especializado en el tratamiento de enfermedades mentales.

Por El Nacional

Amparado en una amplia mayoría oficialista en la Asamblea Nacional, en la cual también sesiona una oposición de conveniencia, Rodríguez reproduce el mando autoritario que hoy prevalece en Venezuela y que es necesario superar para recuperar el fondo y la forma de un sistema democrático, cuyo parlamento sea expresión cabal de la soberanía popular y a ella rinda cuentas de su desempeño y de un comportamiento que debe ser ejemplo de la convivencia y del debate político sin imposiciones y en libertad.

El más reciente de los episodios ocurrió en la sesión parlamentaria de esta semana durante la discusión de un acuerdo para expresar sentidas condolencias por la muerte en un accidente aéreo del presidente de la República Islámica de Irán, Ebrahim Raisi, quien llegó al poder en 2021 como expresión de  sectores ultraconservadores y respaldó en 2022 la represión de las fuerzas de seguridad contra las movilizaciones que se originaron tras la muerte en custodia de la joven kurda Masha Amini, detenida por algo tan grave como llevar mal puesto el velo.

La intervención del diputado Bruno Gallo, de Alianza Progresista, un partido, por cierto, judicializado por los tribunales al uso, sorprendió a Rodríguez. Lo que dijo Gallo es, seguramente, lo que corresponde en un episodio luctuoso pero que no puede ser separado de la actuación política de esa altísima figura del régimen iraní a quien se señalaba como posible sucesor del líder supremo el ayatolá Ali Jamenei.

«Desde el punto de vista humano -comenzó Gallo- lamentamos la muerte de cualquier persona, sin embargo yo en este momento quisiera rendir un homenaje solidario a las mujeres que no se tapan la cabeza, a las mujeres que no bajan la mirada, a las mujeres que quieren estudiar, a las mujeres que quieren ser iguales. Hasta aquí llega mi intervención».

Luego se hizo el silencio en la sede parlamentaria y las cámaras de la transmisión televisiva se posaron en el rostro grave de Rodríguez, con la vista baja, como si revisara alguna anotación; se acomoda el micrófono y dice, esta vez sin alzar la voz: «Yo voy a solicitar por groseras, por inoportunas, por inadecuadas, por absolutamente ausentes de solidaridad hacia una tragedia ocurrida en un pueblo hermano que ha sido solidario, generoso y compasivo con Venezuela, que se retire del acta correspondiente la grosera intervención del diputado Bruno Gallo». La mayoría de la cámara aplaude de seguidas.

Las palabras de Gallo nunca fueron pronunciadas. Eso testimoniará el acta parlamentaria. El disenso no existe en la asamblea de Jorge Rodríguez. Solo él piensa y decide. El papel del resto es celebrar la censura, la mordaza, la inexistencia. Gallo, que apenas exhibió una breve sonrisa irremediable, puede, además, según Rodríguez, ser sancionado para futuras intervenciones. Mejor será que se coloque el velo no sobre la cabeza sino tapándose la boca.

La escena expresa el mar revuelto en las filas oficialistas, acostumbradas a aliados que levantan la mano y callan para dentro, en un ambiente electoral en el cual la candidatura opositora de Edmundo González Urrutia extiende sus apoyos más allá de las fuerzas tradicionales de la oposición, porque está enviando un potente mensaje de encuentro, reconciliación y recuperación democrática, política y económica del país.

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