Maduro, correveidile de Putin

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Declaró Nicolás Maduro el lunes 11 de marzo que Volodímir Zelenski, actor, abogado y presidente de Ucrania, es un “payaso”. En la frase ridícula y estrambótica que vino a continuación, lo comparó con Juan Guaidó -lo cual es revelador: no sólo María Corina Machado se ha erigido en su pesadilla diurna más insistente, también Guaidó continúa irrumpiendo en sus terrores nocturnos-. Pero Maduro no terminó ahí, porque la orden emitida por Rusia, transmitida por el representante de Vladimir Putin en Venezuela, Vladimir Padrino, también incluía añadir que el popularísimo jefe del Estado de la nación ucraniana es “dañino” para su país.

Por Miguel Henrique Otero

Los dos extremos de esta intervención de Maduro no son nuevos ni originales: son frases calcadas de los discursos y de la obsesiva fraseología de Putin. Quien haga una búsqueda en la web constará que, desde días antes de que el ejército de Rusia iniciara su injustificada y absurda invasión, los bots de Putin habían iniciado una campaña de desprestigio en contra de la persona, en contra del hombre Zelenski.

Calificativos como “actor de tercera fila” y “payaso” comenzaron a aparecer en las redes sociales controladas por Putin, aproximadamente en septiembre de 2021. El otro elemento de la estrategia rusa, que busca romper el poderoso vínculo emocional, político y social de Zelenski con la inmensa mayoría de los ucranianos, también se ha expresado como argumento de la activa diplomacia de Putin, que en todas partes repite el mismo paquete de frases: si Zelenski no estuviera en el poder, se habrían encontrado los acuerdos necesarios para poner fin a la guerra, como si la guerra fuese producto de un exclusivo fanatismo territorial y nacionalista de Zelenski. Eso es, de hecho, lo que está en el trasfondo de la desafortunada frase del papa Francisco, que presiona a favor de la paz pero sugiriendo que debe complacerse, en alguna medida, los apetitos inaceptables de Putin.

En tanto que estos empeños no han logrado sus objetivos, la desesperación de Putin lo ha llevado hasta el extremo de intentar asesinar a Zelenski, con un reciente ataque de drones en la ciudad de Odesa. El miércoles 5 de marzo, caminaba junto al primer ministro de Grecia, Kyriakos Mitsotakis, luego de haber participado en un homenaje a los caídos en la defensa de Ucrania, cuando las sirenas se activaron para avisar de la inminencia de un ataque aéreo. Ambos mandatarios alcanzaron a entrar al vehículo en que habían llegado hasta el lugar. Estaban cerrando las puertas cuando una bomba cayó a unos 300 metros: mató a 5 ucranianos y dejó otros 9 heridos de gravedad.

¿Pero, se preguntará el lector, acaso tiene fundamento asociar a Putin con lo que de forma corriente entendemos por desesperación? Uso la palabra aquí para hablar de un dictador presionado. Fuertemente presionado por su propia estructura de poder. Putin y su mafia se prepararon para una guerra que duraría entre 8 y 12 semanas, cuando mucho. Esa fue la promesa. Al cabo de la misma, en el peor de los escenarios, Ucrania levantaría la bandera blanca, no de la paz sino de la rendición incondicional, tras haber entregado casi la mitad de su territorio a la voracidad de Putin.

Sin embargo, como conviene recordar a esta hora, la arrogante tesis de un incontenible y rápido arrase de Rusia sobre Ucrania fracasó estrepitosamente. Han transcurrido dos años de heroica resistencia y, para los expertos militares de todo el mundo, la acción civil y militar ucraniana ha resultado imprevista e inconcebible. Lo que nadie pronosticaba en términos de sacrificio, organización, heroísmo, inteligencia, cohesión social e interacción entre lo civil y lo militar, en medio de incalculables dificultades, se ha escenificado, al punto de que Ucrania no ha sido derrotada, de que ha infligido una cantidad de bajas enorme al enemigo invasor, aun cuando de su parte las pérdidas humanas, la destrucción de su infraestructura, el empobrecimiento sufrido por la sociedad, ha sido muy grande, como sí que era previsible.

Y todo ello ha ocurrido bajo el incalculable liderazgo de Volodímir Zelenski, figura epicentro de la política y la geoestrategia planetaria, inspirador de una lucha que, a partir de reconocer sus desventajas, ha ido consolidando posiciones en defensa del territorio y la soberanía de Ucrania, y en defensa de las libertades y las vidas de los ucranianos. A este hombre, que ha mostrado facultades y una disposición ilimitada, Maduro, fiel a su estulticia congénita, ha llamado “payaso”, mientras Vladimir Padrino sonríe y envía un mensaje a sus jefes, en el que les informa que la orden ha sido cumplida de forma satisfactoria.

Cuando a finales de febrero se cumplieron dos años del comienzo de la invasión, se publicaron decenas de análisis sobre la perspectiva de la guerra. Alarma leer que la mayoría coincide en que el posible final de la misma no se vislumbra. La nación ucraniana, de forma legítima, no está dispuesta a sacrificar la integridad de su territorio, y Putin no quiere retirarse del campo de batalla sin algún trofeo entre las manos. Es evidente: se trata de posiciones irreconciliables.

A lo anterior hay que añadir que, puesto que la guerra ha entrado en una fase de estancamiento, las presiones políticas adquieren especial relevancia: eso explica el ataque de Maduro, la intromisión papal y otras operaciones mediáticas, que seguramente están en camino. Rusia necesita dinamitar la fortaleza de imagen, integridad y firmeza de Zelenski que, hasta ahora, ha permanecido inexpugnable.

Sin embargo, en el terreno de la escena planetaria, la voz de Maduro es inaudible. Chorrito de agua en el océano. Su aparición  en el campo de la geopolítica mundial es irrelevante. En el terreno donde sí es relevante es en el de las lealtades entre dictadores. Insultar a Zelenski es un modo de saludarse, de ratificar su membresía al mismo gremio al que pertenecen Daniel Ortega y Rosario Murillo, Díaz-Canel, Alexsandr Lukashenko, Kim Jong-un y otras bestias enemigas de la democracia.