Hacen falta los profetas del desastre

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A no confundir profetas con videntes. Atención.

Con Informacion de La Gran Aldea

“Que en esa reunión en Bruselas, la señora Delcy Rodríguez se haya sentado a la mesa nada más y nada menos que con un presidente que dice que la tragedia venezolana es ‘una narrativa’, un negociador fracasado y repetido, otro presidente que asegura que ahora el mundo necesita más petróleo, y un mandatario vecino que se la pasa lavándole la cara a los torturadores endógenos, no puede significar ventaja alguna para quienes en verdad se oponen al oprobio”.

Las personas que dudan de todo, que le hacen radiografías a personas, hechos, eventos, voces, discursos, fotografías y a cualquier material sensible de analizarse, son una calamidad. Van por la vida viendo y eso, lo sé, es un estorbo para la mayoría de las personas. Son aquellos que creo que el difunto Rafael Caldera llamó alguna vez los “profetas del desastre”.

A no confundir profetas con videntes. Atención.

“La primera característica que sobresale en los Profetas bíblicos es su postura abiertamente anti-institucional. Son feroces críticos del sistema político y/o religioso. En muchos sentidos, son la contraparte de la Casta Sacerdotal: mientras que esta representa la religión formalizada, sistemática y con protocolos bien definidos, los Profetas representan un cuestionamiento permanente contra todo esto, siempre bajo la bandera de que ningún ritual religioso tiene sentido si no va acompañado de una vida justa en obediencia a los aspectos éticos y espirituales de la Torá.

Muy relacionada con lo anterior, la segunda característica de los Profetas es que son personas profundamente preocupadas por la justicia social. El suyo no es un discurso místico o abstracto. Todo el tiempo se refieren a la obediencia de la Torá1 no en el sentido ritual, sino en el sentido ético. Y eso sólo se manifiesta en el modo en que una sociedad trata a sus integrantes más desfavorecidos.

Por lo mismo, su anti-institucionalidad se extiende no sólo a la crítica de los líderes religiosos, sino también a la de los líderes políticos”. Nos explica el experto Irving Gatell2.

Los nuestros, los que previenen futuros males son como videntes sin videncia, y como profetas sin profecías, como una sombra al acecho. Una desgracia andante para todos quienes les rodean. Y les huimos como a la peste porque el optimismo, me va pareciendo, es una especie de mágico antídoto anti-realidad: invisibiliza los hechos.

Desde luego un profeta del desastre no quiere serlo. Preferiría mil veces ser un pastor de fe, optimismo y esperanza. Predicar con alegría que ahora sí salvaremos el futuro aunque deba desechar y fingir que no existen las chispas del volcán que se ve desde la ventana y que está a punto de ebullición.

“No se vence lo que se desconoce, ni lo que se menosprecia ni lo que se subestima. No se le gana a lo que se ignora con o sin voluntad de hacerlo. No se caza a la presa con los ojos cerrados”

Hace años, durante el reino de Hugo, the one and only, el difunto, cuando estábamos a días de ir a unas elecciones de gobernadores, una colega periodista y hoy mi ex amiga, me dijo emocionada que en esa ocasión al fin triunfaríamos y que le arrebataríamos al chavismo al menos 18 gobernaciones.

En ese momento -era mi amiga- fui franca y le dije, a despecho de su contentura, que si acaso ganábamos tres sería mucho, no porque no tuviéremos los votos -que los teníamos-, sino porque el régimen hacía trampa con el CNE, el RE, las máquinas, la propaganda privilegiada, los testigos de mesa, las amenazas a los votantes, el conteo, y, básicamente, con todo lo que estaba a su alcance -que era y es mucho- pues lo único que le faltaba domeñar era a los elementos -fuego, agua, tierra, aire y el vacío- y algunos cuantos, no tantos, tercos cerebros ajenos. Todo lo demás ya era de su exclusivo dominio (Smartmatic años después coincidió “públicamente” con esta revelación).

Lo que resultó entonces de aquellas elecciones tan significativas terminó por parecerse más al pobre, pesimista y humilde vaticinio mío, que al deslumbrante optimismo de fe de ella. No porque los astros se hubieran puesto en contra, no porque Dios nos hubiera olvidado, sino porque dadas las señales tangibles, y atando cabos, y analizando pistas, observando, y sumando dos más dos, eso ERA lo previsible.

El caso es que una vez conocida aquella forma sorprendente e inesperada de derrota opositora, mi ex amiga me llamó por teléfono para insultarme (de la forma más vulgar que recuerde en toda mi vida de escasas afrentas).

“Debes estar contenta”, -me dijo-, “porque la pegaste, coño de tu madre” (Sic), “porque a ti no te importa que perdamos”.

¿Pero cómo iba yo a estar contenta? Estaba tristísima, defraudada, vencida, porque aunque uno piense que el resultado será el peor, la terca esperanza se atrinchera siempre o casi siempre para esperar lo mejor. (Yo nunca le di ni un voto al difunto, por cierto. Ella sí).

Pero yo no tenía la culpa de los resultados. ¿Por qué me regañaba a mí? Por qué me mentaba a mi madre, una gran madre por cierto, una gran señora, además, que había muerto ya y que siempre fue generosa y maternal con ella misma. Bueno, no la traté más. Ya no por los insultos -que también-, sino por bruta.

Si se tiene la película ante los ojos y usted escoge hacer como el avestruz, allá usted. No se vence lo que se desconoce, ni lo que se menosprecia ni lo que se subestima. No se le gana a lo que se ignora con o sin voluntad de hacerlo. No se caza a la presa con los ojos cerrados. Mucho menos negando sus fortalezas y obviando las debilidades propias.

Me pasa ahora que donde otros ven esperanza, y eso que no quiero ni tengo con qué ser profeta del desastre, yo veo una señal inequívoca de que el mundo y los 60 países que apoyaban a Juan Guaidó (inútil cantaleta que desaprovechamos y que se fue por el sumidero del excusado) ya no nos acompaña.

Que en esa reunión en Bruselas, la señora Delcy Rodríguez se haya sentado a la mesa -¿no estaba impedida legalmente de pisar la UE?- nada más y nada menos que con un presidente que dice que la tragedia venezolana es “una narrativa”, un negociador fracasado y repetido, otro presidente que asegura que ahora el mundo necesita más petróleo, y un mandatario vecino que se la pasa lavándole la cara a los torturadores endógenos, no puede significar ventaja alguna para quienes en verdad se oponen al oprobio .

Peor aún, si ya se anuncia que las sanciones al régimen podrían ser desmontadas, ¿cuál es la contraprestación que podemos ofrecer al contrincante para lograr unas elecciones medianamente justas? Si las sanciones eran nuestra carta para negociar, sin ellas, ¿qué carta nos quedaría para convencer al régimen de que acepte contarse para perder?

Nada. Cero. Ninguna. Ni un joker.

Pero odiamos a quien nos dice lo que nadie quiere escuchar.

Y es que, a fin de cuentas, el Profeta es un analista bastante lógico. Entiende las relaciones entre causas y efectos, y sus anuncios de calamidades pueden estar inmersos en una interpretación teológica, pero al final de cuentas son puro sentido común: quien hace mal, termina mal.

Los profetas de hoy en día, como los de siempre, nunca han sido gente optimista, mucho menos tonta. Andan con los sentidos en estado de alerta, suponiendo posibilidades, tratando de descifrar e interpretar el futuro de los hechos que ellos mismos analizan en el presente.

Qué falta hacen a veces.